Hace poco recibí un mensaje de una amiga desde Montréal a quien le aconsejé un par de lecturas. Su grito cavó paredes y techos: “ojalá que no sea un tocho!!!”. “Calma, Vilma, le dije, que ya hasta los tochos o ladrillos son dóciles. Domesticados, se dejan leer. Cada día el escritor se enfrenta a un impaciente comprador que está loco porque le enganchen a una historia light, sin muchos vericuetos. Hay poco tiempo, y menos neuronas, para que podamos dejarlos entre las páginas de un volumen.
Así que mi primer encuentro con Las cosas que no nos dijimos, del fenómeno mediático Marc Levy, me hizo pasar de una curiosidad vaporosa -la historia, ubicada en Nueva York, se me avecinaba como un Sex and the City en blanco y negro, silente y estático- a un escepticismo temible, pues hay momentos, en las primeras 50 páginas, en que te preguntas “¿de qué va ésto?, ¿a quién quiere timar Levy?”.
Pero luego se lo curra y la narración permite transpirar anécdotas, juegos con el tiempo (la infancia de Julia, cuya madre ha enloquecido y su padre magnate desaparece siempre en la vorágine de los negocios; los estudios de la chica en Europa, su casi hippismo de gauche divine o de “izquierda exquisita (radical chic)” al decir de Wolfe; el fin de la guerra fría, el amor veinteañero, su formación como diseñadora y animadora que hoy le permite ser la directora de estudios de una importante empresa audiovisual. También Levy trabaja el espacio: no sólo la muerte súbita del padre en París, víspera de su boda, noticia que le llega mientras se prueba el vestido, siempre escoltada por su leal amigo gay Stanley. Berlín, cuando le cae encima no el muro, sino el cuerpazo de Tomas. Montréal, adonde se va con el alter ego de su padre en los días siguientes al entierro de éste. Nueva York…, que sentimos además en lo que podría ser un highlight de esta primera edición en castellano, su propia guía gastronómica, de diseño, de moda, en un folleto anexo a la novela.
Lo que sí desatará el libro son las lágrimas. Que para eso estamos. Amor en estado bruto, paterno-filial, la amistad, el tomar decisiones cuando ya se tienen más de 30, un buen trabajo, un envidiable patrimonio heredado, dos aspirantes a marido, resurecciones, reapariciones. Pastís, una brasserie para morirse donde te sirven el mejor brunch junto al periódico que elijas, mientras tu compañero de al lado puede ser Marc Levy, que la frecuenta, o la Jodie Foster.
Te encantarán las descripciones de los sitios más cool y emergentes de NY, el Meatpacking District, el West Village o el South of Houston Street (más conocido como el SoHo). Graciosa la pincelada en la que Levy cuenta que la casa que diseña literariamente como hogar de Julia, es un edificio ubicado en la esquina de Greenwich y la calle Horatio que él quiso comprar cuando se mudó a la ciudad. El acuerdo no pudo ser, y ese apartamento, hoy, en 2009, sigue en venta y la inmobiliaria anuncia que aparece en su novela. Levy es el escritor más vendido en Francia…
Así que para los tiempos que corren, con estos calores en el continente europeo y en toda la franja próxima a la línea del Ecuador, nada mejor que refrescarse hociqueando en la vida de Julia y de su padre, dejando escurrir un lagrimón, y permitiendo por una vez que aquel que fue tu padre, regrese en forma de autómata a alegrarte el futuro.
Las cosas que no nos dijimos. (Tuotes ces choses qu’on ne s’est pas dites)
Barcelona, Editorial Planeta, 2009.